Para los colombiano este Mundial es muy especial, ya
que es el regreso al certamen y la posibilidad, de por fin, poder borrar una de
las dos imágenes más tristes del paso de nuestra Selección: el día que nos
eliminó Camerún en Nápoles, el bailecito de Roger Milla en una esquina del
campo y la cara de desconsuelo del "loco" Higuita.
Pero también tenemos el recuerdo del año 1983,
cuando el gobierno de Belisario comunicó a la FIFA que no estaba en condiciones
de organizar el Mundial de Fútbol de 1986, reconociendo dos cosas: primero, que
afrontar los costos de la organización otorgada en 1974 era económicamente
inviable para un país sudamericano; y segundo, que no estaba claro cómo las
prioridades de un país del "tercer mundo" pasaban por construir 12
estadios con capacidad mínima para 40.000 personas, 4 con aforo para 60.000 y 2
para 80.000, entre otros requisitos que exigía la FIFA, más las otras prebendas
que son exigidas por lo personajes de las directivas del Mundial Fútbol.
Un Mundial solo es buen negocio cuando el país
organizador cuenta con una infraestructura importante como activo y es capaz de
acomodar todo lo que se necesite para aprovechar al máximo las posibilidades
que la globalización ofrece. Aunque en muchas ocasiones este evento
contribuye a disparar la economía e infraestructura de un país, también se ha
evidenciado que la inversión que se hace es solo para el evento y luego se deja
caer todo lo que se logró.
En Brasil, según Ernst & Young, el Mundial
2014 ha implicado una inversión público-privada, solo en la construcción de los
12 estadios y en la infraestructura complementaria, 2.600 millones de dólares.
Con los retrasos, sobre costos y exigencias de la FIFA, el Mundial 2014 se
vuelve un problema para Brasil, generando el inconformismo entre los
brasileños.
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